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El río, las palabras y la batalla por el sentido

  • Foto del escritor: LdlR
    LdlR
  • 27 abr
  • 3 min de lectura

Trabajo en el área de comunicación de un organismo público, ACUMAR, que se encarga del saneamiento del Riachuelo. Si hay un territorio cargado de sentidos y estigmas, es ese. Durante más de diez años, se desarrolló un trabajo sostenido para desarmar la mirada negativa que vinculaba al río con el abandono, la mugre o el peligro. Desde el área de comunicación del organismo, se construyeron relatos que recuperaron su historia cultural, su valor simbólico y su potencia comunitaria, entendiendo que un río contaminado no es una condena eterna sino un estado transformable. En ese proceso, la educación ambiental fue clave, porque permitió tejer nuevas narrativas en torno al cuidado del ambiente y al cambio climático, y a su vez se fortaleció la idea de comunidad y cooperación.


Hoy, el escenario cambió. El Estado está gestionado por un gobierno de corte más liberal, con una mirada individualista y meritocrática, y eso repercute directamente en los contenidos que producimos. Desde hace unos meses, estamos adaptando materiales comunicacionales para alinearlos con esa línea ideológica: se eliminan palabras como comunidad, solidaridad, cambio climático, la “década del 90” o expresiones inclusivas como todos y todas.


Esta experiencia me llevó a reflexionar sobre la interpretación como un verdadero campo de batalla, en el sentido que plantea Eduardo Grüner. Cada texto, cada pieza o mensaje es una forma de disputa simbólica, una lucha por los sentidos que definen lo que se considera verdadero o legítimo. Interpretar o decidir qué se dice y qué se borra es siempre un acto político. Lo comprobé en este proceso: cuando un discurso se impone, no solo modifica palabras, sino también la forma en que una sociedad se explica a sí misma.


Foucault decía que interpretar puede ser un acto de des-totalización, una forma de resistencia frente a los regímenes de verdad que sostienen al poder. Desde esa perspectiva, reinterpretar el Riachuelo fue, durante años, una práctica política que rompía la versión dominante, la del río como espacio muerto o marginal y habilitaba otras miradas posibles.


Hoy, en cambio, se intenta volver a totalizar los discursos desde una visión única, la del “sálvese quien pueda”. En términos gramscianos, lo que está en disputa es el sentido común, ese terreno donde se define qué palabras son “correctas”, qué valores se celebran y cuáles se silencian. En nuestro trabajo, lo que antes era “comunitario” o “colectivo” empieza a leerse como “ineficiente” o “ideológico”. Así, el conflicto de interpretaciones se vuelve concreto: ocurre dentro de los documentos, las campañas y los mensajes del Estado.


Este cambio cultural me hace pensar en cómo los sentidos sociales también pueden transformarse desde abajo, como pasó con la ola feminista en la Argentina a partir de 2016. Ese movimiento produjo una verdadera catástrofe simbólica en los términos de Grüner: rompió con una narrativa hegemónica e instaló otras formas de nombrar y entender la violencia. Ya no se habla de crimen pasional, porque se reconoció que no hay pasión sino femicidio. Ese cambio en el lenguaje no fue menor: implicó una nueva manera de mirar la realidad, de interpretarla y de actuar frente a ella.


Tal vez ese sea el desafío en este momento: sostener la capacidad de interpretar críticamente, incluso cuando los discursos dominantes buscan cerrar el sentido. Porque interpretar, como dice Foucault, es peligroso, pero también es el único modo de resistir, de seguir abriendo grietas por donde puedan aparecer otros modos de decir, de pensar y de vivir lo común.

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