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Cuando la amenaza es síntoma

  • Foto del escritor: LdlR
    LdlR
  • 26 abr
  • 4 min de lectura

Lo que pasó el 15 y 16 de abril en Argentina no puede leerse como una seguidilla de “bromas pesadas” ni como un fenómeno aislado que apareció de golpe en las escuelas. Más de mil amenazas solo en la provincia de Buenos Aires, con réplicas en Mendoza, Córdoba y Santa Fe, hablan de algo mucho más profundo que un juego adolescente o una moda pasajera. Hablan de un clima, de una época, de una forma de estar en el mundo que se volvió cada vez más violenta, más incierta, más solitaria.


El primer impulso, casi automático, fue el miedo. Escuelas evacuadas, clases suspendidas, familias desesperadas, docentes desbordados. Y enseguida, también, la necesidad de dar una respuesta rápida: patrulleros en las puertas, policías revisando mochilas, protocolos improvisados para contener una situación que claramente excedía lo escolar. Esa escena, repetida en distintos puntos del país, muestra una reacción que intenta ordenar el caos, pero que al mismo tiempo corre el riesgo de simplificar el problema. Porque si lo que vemos son solo amenazas, entonces creemos que el problema son quienes las escriben. Pero si nos detenemos un poco más, aparece otra cosa.


Como plantea Sandra Raggio, esto no puede pensarse por fuera de una perspectiva de derechos ni como la suma de conductas individuales desviadas. Hay un malestar que se está expresando y que tiene raíces estructurales: desigualdad, precariedad, instituciones debilitadas, un discurso público cada vez más atravesado por la violencia. En ese contexto, los chicos no están afuera, están completamente adentro. Son parte de ese mundo donde el “sálvese quien pueda” se vuelve una lógica cotidiana, donde el futuro aparece difuso y donde incluso la escuela empieza a perder sentido, no por lo que es en sí misma, sino porque deja de ser garantía de algo mejor.


Ese corrimiento del sentido es clave. Cuando la idea de futuro se rompe, también se rompen los anclajes. Y ahí aparecen otras formas de tramitar lo que no encuentra palabras: angustia, frustración, enojo, sensación de vacío. La salud mental de los adolescentes viene siendo una preocupación creciente desde la pospandemia, con aumento de cuadros de depresión, ansiedad, consumos problemáticos y aislamiento. No es un dato menor ni un telón de fondo: es el centro del problema.


En esa misma línea, la mirada de la psicóloga Silvana Belloti permite correr el foco de la amenaza en sí para entenderla como síntoma. Detrás de estos mensajes puede haber gritos de ayuda, sensación de invisibilidad, necesidad de ejercer algún tipo de control en un mundo vivido como caótico, o incluso una búsqueda desesperada de pertenencia a través del impacto mediático. No es que todos los casos respondan a lo mismo, pero sí comparten algo: una fragilidad en los vínculos con los adultos y una dificultad para tramitar emocionalmente lo que les pasa.


Ahí aparece otro elemento clave: las redes sociales. La circulación constante de amenazas similares en otros países como Estados Unidos, Chile y México y su viralización generan una especie de guion disponible. Se instala la idea de que ese tipo de mensaje produce efecto, genera atención, mueve estructuras. Y en esa lógica, la amenaza ofrece una ilusión de poder inmediata, aunque sea efímera. No es casual que muchas de estas situaciones se repitan casi calcadas: hay algo que se copia, que se reproduce, que se amplifica.


Pero si hay algo que incomoda especialmente es la respuesta punitiva cuando se individualiza el problema. El caso del chico de 14 años al que le allanaron la casa, lo llevaron a una comisaría y lo presionaron como si fuera un delincuente hasta que admitió haber escrito una amenaza en el baño de su escuela es un ejemplo claro. No se trata de negar la gravedad del hecho, sino de preguntarse qué se está haciendo con ese chico y con todos los que están en situaciones similares. Porque ahí lo que aparece es la criminalización de una conducta que, en muchos casos, es expresión de otra cosa.


Convertir a esos adolescentes en enemigos a neutralizar puede traer una sensación momentánea de control, pero no resuelve el problema de fondo. Incluso puede agravarlo. Porque refuerza la lógica de la violencia, del castigo como única respuesta, y deja intactas las condiciones que dieron origen a esa conducta. En ese sentido, pensar que la solución pasa solo por más policía o más control dentro de las escuelas es, en el mejor de los casos, insuficiente.


Eso no significa que no haya que intervenir ni que todo deba relativizarse. Significa que la intervención tiene que ser más compleja. De hecho, junto con esas respuestas inmediatas, también empezaron a aparecer otras iniciativas que abren una línea más interesante: espacios de reflexión en las escuelas, elaboración de protocolos de actuación, intentos de generar instancias de escucha. Son pasos todavía incipientes, pero van en una dirección distinta, una que busca entender antes que castigar.


El punto es que lo que estalló en esos días no desaparece cuando bajan las noticias. No es un episodio cerrado. Es un síntoma de algo que sigue ahí, latente. La combinación de crisis económica, padres atravesados por el multiempleo y con poco tiempo real para acompañar, jóvenes que muchas veces tienen que trabajar o sostener trayectorias precarias, y un entorno social cargado de discursos violentos configura un escenario donde el malestar encuentra pocas vías de expresión saludables.


Tal vez lo más incómodo de todo esto es que obliga a correr la mirada de los chicos hacia los adultos. A preguntarse qué mundo se les está ofreciendo, qué tipo de vínculos se están construyendo, qué lugar tienen la escucha y el cuidado. Porque si lo que aparece son amenazas, quizás lo que está fallando no es solo el límite, sino también la posibilidad de ser visto, contenido, reconocido.


Pensar estas situaciones en clave estructural no es justificar, es hacerse cargo. Y hacerse cargo implica asumir que no alcanza con reaccionar frente a la emergencia, sino que hay que reconstruir condiciones más amplias: fortalecer las instituciones, generar políticas de salud mental accesibles, acompañar a las familias, recuperar el sentido de la escuela como espacio de futuro posible. Todo lo demás, aunque calme momentáneamente la ansiedad colectiva, queda en la superficie.


Lo que pasó esos días dejó en evidencia algo que ya venía creciendo en silencio. La pregunta es si se va a leer como un episodio más que se diluye con el tiempo o como una señal que obliga a mirar más en profundidad. Porque en esas amenazas, en ese miedo que se expandió tan rápido, también hay un mensaje. Y no escucharlo sería, en definitiva, repetir el problema.

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